
Ya ha pasado un año desde que llegué a Angers. Ha sido un año lleno de aprendizaje, resiliencia, lágrimas, risas, logros y nuevas amistades. Un año en el que me he mudado tres veces y que me ha empujado, una y otra vez, fuera de mi zona de confort. Pero aquí sigo, creciendo y disfrutando del camino.
En medio de este proceso de adaptación y crecimiento, he tenido la oportunidad de observar y apreciar lo que me rodea. He encontrado el amor, y me he enamorado de la manera en que los franceses viven la vida. Más allá del olor a pan recién salido del horno, del arte, de la moda y la revolución, el encanto de Francia se encuentra en la vida de todos los días: en la mesa bien puesta, en la pausa café, en sentarse en una terraza y disfrutar de un buen vino, en la baguette bajo el brazo de alguien que camina sin prisa. Vivir en Francia me ha mostrado que el savoir-vivre no es una idea abstracta ni un slogan turístico. Es una práctica diaria, un conjunto de gestos pequeños y constantes que dan forma a la manera en que vivimos.
Y hoy quiero hablar de esas cosas que me han enamorado de este país.
La comida como momento, no como trámite
Una de las cosas que más admiro es la importancia que se le da a la comida, sobre todo a la cena, momento en el que toda la familia puede reunirse alrededor de la mesa. No se come frente a una pantalla de televisión, y el uso del celular está prohibido. Al menos así es en la casa de mi amorcito. Comer no solo se reduce al acto de saciar el hambre o de nutrirse. Es un momento convivial. Es tomarse el tiempo. Es cocinar en casa y sentarse a la mesa sin distracciones y sin prisas.
Mientras uno termina de cocinar, otro está colocando la mesa, obvio sin olvidar la cucharita del postre. Sobre la mesa se colocan las ollas o bandejas y cada uno se sirve su porción. Algo que me encanta porque uno mismo controla sus propias cantidades y no se nos obliga a comer de más con el pretexto de que los niños de africa no tienen qué comer. Eso sí, si aún te queda espacio, puedes repetir ;).
Siempre comenzamos con la entrada, usualmente una ensalada o algo bastante ligero; sin embargo, a veces puede ser pizza o tarta del día anterior. Continuamos con el plato fuerte, compuesto de proteínas, una fuente de carbohidratos y verduras de temporada. La salsa que queda en el plato se limpia con pan. Y antes del postre nos detenemos para disfrutar del queso, cuyo objetivo es refrescar el paladar y prepararlo para apreciar la dulces notas del postre. Lo habitual es servir tres o cuatro quesos en un plato, de diferentes aromas y texturas. Aquí debo ser honesta, no me gustan todos los quesos; aquellos con vetas verdes o azules o aromas muy fuertes, ni los toco. Yo tengo un trauma con el queso azul. Después llega el postre: flan, pudin, pie, o si la comida era muy pesada, se termina con una porción de fruta.
Al final, se complementa con un café allongé, lo equivalente a un tinto en Colombia. Luego, entre todos ayudamos a recoger y llevar los platos al lavavajillas, limpiar la mesa y guardar los individuales en el cajón.
La comida en Francia tiene estructura: entrada, plato principal, queso y postre. Pero lo que realmente importa es el momento convivial, el encuentro. Ese respeto por la mesa es, en el fondo, respeto por el tiempo compartido y por el propio cuerpo. En un mundo donde todo parece acelerado, la mesa francesa es un espacio de resistencia, una invitación a frenar.
La pausa café: un respiro cultural
La Pause Café no es simplemente una necesidad de cafeína; es un hábito social. Un paréntesis que interrumpe la jornada y permite reconectar con uno mismo o con los demás. Es curioso cómo ese gesto tan sencillo refleja una filosofía del equilibrio: el trabajo importa, pero no lo es todo. Siempre hay lugar para el disfrute breve, para la charla ligera, para el descanso.
Pan, queso y tradición

Otro placer cotidiano es la panadería. En casi cada barrio hay una boulangerie, y entrar a una por la mañana se convierte en un pequeño ritual: el olor del pan recién hecho, el saludo cortés, la espera paciente en la fila. No se trata solo de comprar un alimento, sino de participar en una tradición viva. Antes de llegar a Francia, pensaba que era una exageración, pero aprendí que nunca, pero nunca puede faltar el pan. Mi amorcito me contó que una vez ya no quedaba pan en su casa, una tragedia, y sin pan no podían comenzar a comer; por lo que lo mandaron a la panadería a comprar una baguette urgentemente. Era domingo y la panadería de su pueblo estaba cerrada, así que le tocó comprar pan en una máquina expendora. Ahí aprendí que hay máquinas expendedoras de pan.
Y siempre se deben comprar dos baguettes, una para picar en el camino y otra que llegue sana y salva a la casa.
Luego están los quesos, que parecen resumir toda la diversidad francesa. Cada región, cada pueblo, tiene su especialidad. Degustarlos no es solo un acto gastronómico, sino una forma de viajar por el país sin moverse del sitio. Y lo mejor es poderlos acompañar con un vinito.
La vida a pie o en bicicleta
Algo que verdaderamente aprecio, sobre todo en Angers, es la escala humana de las ciudades. Estas han sido concebidas priorizando la movilidad suave sobre la circulación vehicular. Aquí los andenes son amplios y las ciclovías se ramifican por todas partes, lo que posibilita caminar o desplazarse en bici sin sentir que el tráfico domine el espacio urbano. Además, Angers está llena parques y zonas verdes que invitan a hacer una pausa y disfrutar de un pequeño descanso en medio de la rutina. Y aunque la red de transporte público llega a casi todos los rincones de la ciudad, se siente liberador poder moverse sin prisa y siendo dueño de nuestro tiempo. Yo no tengo bicicleta, pero me gusta mucho caminar, y mientras no llueva, mi pase de transporte se queda secuestrado en mi maletín. Caminar es ver, oler, escuchar. Es sentirse parte del entorno, no simplemente un transeúnte que se desplaza de un punto a otro.
El arte de vivir

Finalmente, lo que admiro de la vida en francia no es una lista de costrumbres, sino una actitud. Esa forma de demostrar que la gracia y la magia están en lo cotidiano. Aquí no se espera una fecha especial para brindar con un vino espumoso— o abrir la botella de champán—sino que cualquier momento puede convertirse en una pequeña celebración. La belleza no se reserva para los grandes momentos, sino que se encuentra y se cultiva en lo simple.
Quizás por eso me gusta tanto Francia: porque me recuerda que vivir también es un arte, y que ese arte se aprende cada día, con un café, un paseo, o una mesa bien puesta.


